
Sancocho de gallina
Es desde pequeña, un rato largo que tarda al menos 6 horas. Se empieza con un buen viaje en carretera, hacia el municipio que se reconoce en el Valle por calidad de sus aves y la sazón de sus cocineras negras. Ese paisaje plano, de montañas a lo lejos y caña por todas partes invita al ojo y al olfato a hacerse dulces antes de llegar a la mesa.
Llegamos al fin, a una casa vieja, de las haciendas de pequeños cañeros y corteros a las afueras de Ginebra. Este pueblo pequeño y de sinuosos caminos, es perfecto para que las guaduas crezcan enormes y los vientos que bajan de los farallones silben entre sus ramas. Escuchás el agua del riego de los cañaduzales y los canales exteriores de la casa, que previenen la entrada de bichos a los pasillos y las frescas habitaciones.
Grandes tostadas fritas de plátano verde, con ají de cilantro y hogao de tomate y cebolla blanquísimas como la caña. Perfecta entrada, apenas tibia, perfectamente crujiente.
Luego el caldo, espeso, sazonado como en el campo, sencilla y deliciosamente. Aroma a gallina de finca, de las que sólo comen maíz. Las presas magníficas, generosas, doradas al horno. Perfecto. Todos comimos a manos llenas. El dulce de manjarblanco para rematar, con queso de leche de vacas del establo. Maravilloso, fresco, liviano y aromático. Cafecito, y la cuenta, por favor.
De regreso el atardecer del valle: lleno de canales de agua y nubes enormes de color naranja. Es complicado pedirle más a un domingo.
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